Literatura. Cronología y contemporaneidad

Lejos de las tradicionales cronoloógicas, que adscriben los fenómenos históricos a iguales períodos de cien años, la paradoja, la violencia y un insospechado desarrollo tecnológico experimentados durante el siglo XX quiebran ese principio organizador del calendario. Al respecto, el escritor William Golding señala: “No puedo dejar de pensar que ha sido el siglo más violento de la historia humana”. Dentro de este contexto, el reconocido músico Yehudi Menuhin agrega: “Si tuviera que resumir el siglo XX, diría que despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas las ilusiones e ideales”. Por último, el historiador Franco Ventura concluye que “…los historiadores no pueden responder a esta cuestión. Para mí, el siglo XX es sólo el intento constantemente renovado de comprenderlo”.

Con la concurrencia de estas opiniones, Eric Hobsbawm inicia su reflexión sobre la contemporaneidad. Según él, tenemos que hablar de un siglo XX corto, esto es, que comprende los años que van desde el comienzo de la primera guerra mundial hasta la caída de Unión Soviética:

“Ignoramos qué ocurrirá a continuación y cómo será el tercer milenio, pero sabemos con certeza que será el siglo XX el que le habrá dado forma. Sin embargo, es indudable que en los años finales de la década de 1980 y en los primeros de la de 1990 terminó una época de la historia del mundo para comenzar otra nueva. Esa es la información esencial para los historiadores del siglo, pues aun cuando pueden especular sobre el futuro a tenor de su comprensión del pasado, su tarea no es la misma que la del que pronostica el resultado de las carreras de caballos. Las únicas carreras que debe describir y analizar son aquellas cuyo resultado –de victoria o de derrota- es conocido (…) En este libro, el siglo XX aparece estructurado como un tríptico. A una época de catástrofes, que se extiende desde 1914 hasta el fin de la segunda guerra mundial, siguió un período de 25 ó 30 años de extraordinario crecimiento económico y transformación social, que probablemente transformó la sociedad humana más profundamente que cualquier otro período de duración similar. Retrospectivamente puede ser considerado como una especie de edad de oro, y de hecho así fue calificado apenas concluido, a comienzos de los años setenta. La última parte del siglo fue una nueva era de descomposición, incertidumbre y crisis y, para vastas zonas del mundo como África, la ex Unión Soviética y los antiguos países socialistas de Europa, de catástrofes. Cuando el decenio de 1980 dio paso al de 1990, quienes reflexionaban sobre el pasado y el futuro del siglo lo hacían desde una perspectiva fin de siècle cada vez más sombría. Desde la posición ventajosa de los años noventa, puede concluirse que el siglo XX conoció una fugaz edad de oro, en el camino de una u otra crisis, hacia un futuro desconocido y problemático, pero no inevitablemente apocalíptico.” (Hobsbawm, 1999: 15-16).

El siglo XIX se caracterizó por una mirada progresista del mundo. Se pensaba que la democratización del conocimiento podía llegar a todos los hombres y mujeres y que, como colectividad, la humanidad avanzaría perpetuamente hacia un estado de perfección creciente, alcanzando finalmente la felicidad. Estas ideas se basaban en el principio de la racionalidad como algo propio de los seres humanos, lo cual propiciaba el establecimiento de una ética universal y de una comprensión científica del mundo en su totalidad. El ser humano se sentía fuerte, capaz de conocer y ordenar el mundo, de configurar una serie de principios valóricos que todos respetarían, pues se pensaba que todos eran racionales.

Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 hace temblar los cimientos de la concepción del mundo sostenida hasta ese momento. Las guerras mundiales muestran cómo el ser humano también puede utilizar los avances científicos para fines que no respetan los derechos básicos de hombres y mujeres. De la misma manera, la gran cantidad de muertes violentas que suceden en la primera mitad del siglo XX niegan la idea de la naturaleza racional del ser humano y su capacidad de llegar a establecer y respetar códigos valóricos universales.

Estos fenómenos históricos influyen fuertemente en la literatura que se comienza a producir a partir de esa época, pues en ella se tratarán temas como la cercanía de la muerte, el carácter absurdo de la existencia, la presencia de lo ilógico como opuesto a lo racional, la soledad del ser humano en un mundo hostil, entre otros. Estos temas, más una serie de innovaciones en la estructura y forma de los textos literarios, constituirán los rasgos caracterizadores de la literatura del siglo XX.

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